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El colectivo LGBT también tiene derecho a su final feliz

 Adoro los finales felices. Siempre me han gustado: no me importa sufrir mientras leo, pero me gusta la sensación de que todo es por algo, de que al final todo va a acabar bien. En el libro, y en la vida.

No siempre pasa, claro.

Que se lo digan a ellos

Yo crecí en los 80, y muy pronto me di cuenta de una realidad incómoda y frustrante: en ficción, cuando había algún personaje LGBT (que no era a menudo), siempre siempre SIEMPRE ese personaje acababa mal. Algo que, por desgracia, venía sucediendo desde el origen de los tiempos.

La primera película gay, como no podía ser de otra forma, fue censurada

Al principio (hablo de la historia reciente, siglo XX), no existían. Punto. Ser LGBT en determinadas épocas, como tenemos todos bastante claro, era prácticamente un suicidio o, cuando menos, una condena a la exclusión social. Por supuesto, no había ninguna representación.

Cuando la hubo, era para perpetuar el estigma. Durante muchas décadas (y hasta hoy mismo) los personajes del colectivo fueron personajes secundarios cuyo rol se limitaba a ser un recurso cómico para reírse de ellos. Eran el chiste, el gag, el personaje ridículo del que hacer la broma fácil.

Ja, ja, ja, qué risa

Los personajes LGBT, los poquísimos que había (hablo de prácticamente todo el siglo XX). también eran un recurso dramático para sufrir, porque su “condición” hacía que estuvieran condenados al dolor, la exclusión y la muerte. Otra forma de perpetuar ese estigma: pertenecer al colectivo era una tragedia. Llegaron los protagonistas maltratados cuyo único rasgo de personalidad era ser del colectivo LGBT. Y que siempre acababan mal.

Es que claro, vas pidiendo a gritos acabar en el pozo, cómo se te ocurre ser gay


Cuando por fin se decidieron a darle algo al colectivo, y tal vez respondiendo al llamamiento a una era más “aperturista”, la temática LGBT empezó a ser más común. Hubo películas, series, libros, que incluían personajes del colectivo e historias del colectivo, aunque en muchas ocasiones todavía un poco caricaturizados o convertidos en únicamente eso: su sexualidad o su identidad de género como único rasgo identificativo, como motor del personaje.

Eres gay y te pasan cosas gays (muchas veces malas)

Y entonces, oh dolor oh terror, viendo que había mucha gente LGBT que pedía contenido LGBT y representación LGBT, se empezó a utilizar al colectivo para aumentar la audiencia. Porque claro, si tanta gente pide representación es porque hay mucha gente viendo/leyendo. ¿La queréis? Venga, que os la damos. Jajaja que era una bromaaa. Llegó el maligno queerbait (ojalá se hunda en agonía enorme en lo más profundo de los mil infiernos).

Podríamos llamarlo "frustración colectiva nivel cósmico"

Parecía que sí, pero no. Se dejaba insinuado, se dejaba caer que iba a ocurrir, pero no ocurría. O no se enseñaba, o se mostraba de una forma tan sutil que no había forma de verlo y después se desmentía para quitárnoslo de las manos, o se inventaban un personaje random que impidiera que esa supuesta relación LGBT se consumase.

No os hagáis ojitos, que ya vendrá alguien a salvar la heterosexualidad de la galaxia

Y si en algún momento se les ocurría crear una historia de amor, o amistad, o una trama en la que ese personaje fuera medianamente feliz, automáticamente se lo cargaban. No sabéis lo que odio el tropo “bury your gays”. Lo odio con la fuerza de mil soles entrando en fase de supernova chunga con extra de ira fulgurante, es que LO ODIO, por si no ha quedado claro. No bastaba con décadas de invisibilización o cachondeo o burla o estigma: ahora vamos a poner representación, sí, guay, pero no te vayas a creer que esto va a acabar bien, cómo va a acabar bien, eres gay, no puede acabar bien, esto nunca acaba bien.

Basta que toques un poquito de felicidad para que se la carguen. Literalmente.

Ser LGBT ha sido durante mucho tiempo sinónimo de invisibilidad, sufrimiento, burla o muerte. Personajes planos, cuya descripción era “el gay”, y que eran el contrapunto cómico o el recurso dramático para llorar. NADA MÁS. Y puede parecer que eso ya está superado, pero no hay más que tomar perspectiva para ver que cada paso adelante se enfrenta con un montón de pasos atrás.

Por eso, desde que empecé a escribir novelas con protagonistas LGBT, me juré que JAMÁS escribiría un final triste. El colectivo también tiene derecho a su happy ending, y se lo han negado demasiado tiempo.

Que vivan los novios ya de una santísima vez, Jesucristo

Por eso mis novelas son comedias románticas boyslove felices y tienen siempre un final feliz. Por eso me acojo a la filosofía de la queer joy en su máximo exponente. Por eso en mis libros (y esto no es una promesa: es un contrato) I will never bury my gays.


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